¿QUÉ DICE Y HACE USTED ANTES DE ESTAR MUERTO?

– La mutual de desamparados y suicidas de San Miguel por GUSTAVO TRUCCO

«…Podemos burlarnos de la muerte o, aún mejor, celebremos la maravillosa desgracia de estar vivos. Para mitigar tanto sufrimiento, debemos ser indiferentes. Vivamos con exageración, comamos con abundante sal y para corroborar si estamos vivos, agarrémonos los dedos con la puerta…» -G. R. Trucco-

El edificio municipal de la calle Perón era el lugar elegido por los locos y marginados para terminar con sus vidas. En la década de los noventa la edificación rondaba los treinta y tres pisos y arrojarse desde esa altura resultaba sumamente efectivo.

Pero no siempre fue así. A principios de los 80, los suicidas de la zona no disponían de los recursos habituales para poner fin a sus dolencias. No había electricidad, no era fácil conseguir armas de fuego. Los cuchillos eran de madera ya que el metal escaseaba y el edificio de la calle Perón aún no existía.

Viéndose desprovistos de métodos eficaces para cometer suicidios, los desamparados de San Miguel se dieron a la tarea de recurrir a inútiles intentos, como por ejemplo comer con abundante sal o agarrarse los dedos con la puerta. Cabe señalar que estas acciones generalmente no les permitían lograr sus objetivos y, en su mayoría, los suicidas de la zona no lograban pasar de indigestiones o heridas leves.

En 1982, el rengo Pérez, luego de perder su casa en un partido de truco, decidió suicidarse. Se tiró desde el kiosco de la calle Paunero, pero apenas consiguió romperse su única pierna sana.

Los suicidas locales decidieron actuar y, por medio de la tutela de Pérez, se organizaron y formaron la Mutual de Suicidas de la Provincia de Buenos Aires, que ya en 1983 sería reconocida como organismo oficial. Esta entidad, poco a poco, fue sumando adeptos en pos de un mundo con más libertad y más suicidios.

En su manifiesto llamado «Suicidios para un mundo mejor«, Pérez divaga sobre el origen del universo y promulga la necesidad de la construcción de edificios de más de cuatro pisos. Dentro de sus escritos, además, hace una clara diferenciación entre los resentidos, los marginales, los locos, los frustrados y los aburridos.

Muchos intelectuales de la época sospecharon de las verdaderas intenciones de Pérez, a quien catalogaron de oportunista, pesimista y tóxico. Algunos aseguran que buscaba llegar al poder para ejercer presión en la justicia y, de ese modo, salvarse de las deudas contraídas por el juego ilegal.

Sea este el motivo u otro, no podemos negar la influencia que la mutual tendría en el partido de San Miguel durante los siguientes cuarenta y cinco años.

El avance tecnológico y la tardía llegada de la segunda revolución industrial a San Miguel propiciaron el clima ideal para el desarrollo de un proyecto que sería fundamental en la zona.

El nuevo edificio de la recién conformada municipalidad de San Miguel aseguraría el crecimiento exponencial de una localidad hasta ese entonces desconocida por las autoridades nacionales.

A tal fin, fue convocado a concurso el proyecto de la nueva sede municipal, cuyas bases oscilaban entre confusos párrafos sobre la existencia humana y dibujos de mujeres desnudas esbozados por el depravado del pueblo.

El ganador fue el único constructor en aquel entonces, que ofició de participante y jurado del concurso al mismo tiempo.

Me refiero, por supuesto, a don Juancho Bigliani, el alarife del barrio, quien dispuso como partido del proyecto un edificio heliocéntrico de cuatro pisos de planta cuadrada.

Mucho se ha hablado de este proyecto, fundamentalmente por las modificaciones que surgieron de la propuesta inicial ganadora del concurso y lo que finalmente fue ejecutado en obra.

En 1984, ya cerca de las elecciones y con todos los baches de la ciudad tapados, se decidió iniciar la obra. Un año después ya estaban construidos los cuatro pisos de la municipalidad, que comenzó sus funciones allí en abril de 1985.

Aquel edificio de clara inspiración renacentista empezó a tener cierta notoriedad en los medios especializados, quienes lo catalogaban como la piedra fundacional de la nueva arquitectura argentina.

Las familias patricias y burguesas de los municipios vecinos comenzaron a trasladarse hacia San Miguel y rápidamente se inició una etapa de esplendor cultural.

Hacia 1986, la ciudad de San Miguel, inspirada en ciertas tendencias norteamericanas, comenzó a llamarse Saint Michael, y todas sus calles comenzaron a denominarse como próceres yanquis. La calle Perón se llamó Franklin Roosevelt, Paunero pasó a llamarse George Washington y de ese modo comenzó a utilizarse el habla inglesa como lengua oficial sancionada por ley.

El flamante intendente Aldo Pobre, aprovechándose de la situación, decidió aumentar la carga impositiva en un uno por ciento, propiciando un éxodo masivo de las familias más pudientes de la zona, que emigraban al grito de «fuck you«.

Hacia 1988, en San Miguel solo quedaban miserables y desclasados. Es por este motivo que en 1989 se presenta como candidato a intendente el ya citado rengo Julio Pérez, cuyo poder iba en aumento. Al resultar vencedor, dispuso que a partir del año 1990 todos los fondos fuesen destinados al edificio de la calle Perón y transformó a dicho edificio en la sede central de la mutual de suicidas, que poco tiempo después sería transformada en secretaría.

La gestión de Pérez propició el clima ideal para un aumento significativo de los suicidios, a punto tal que para 1991 la tasa de mortalidad por suicidio era del 95%. El 5% restante se completaba con desafortunados y distraídos.

Para el año 1995 existían en el municipio mecanismos más eficaces para suicidarse; no obstante, arrojarse desde el edificio de la mutual se transformó en un ritual santo. Tanto fue así que mucha gente decidió cambiar la peregrinación a Luján por el ascenso por las escaleras de la mutual de San Miguel.

La caminata a San Miguel estableció un nuevo paradigma: en vez de caminar a Luján para agradecer o pedir, las personas amenazaban con suicidarse arrojándose desde la terraza si su equipo perdía o si sus parejas los dejaban.

En esos años previos al cambio de siglo, los municipios vecinos decidieron cerrar un convenio para trasladar a sus propios miserables a San Miguel a cambio de grandes sumas de dinero.

Pérez, apoyado por los poderosos empresarios suicidas de la zona, presionó al gobierno nacional para que firmase un decreto en el que se estableciera que arrojarse desde el edificio de la mutual fuese el único mecanismo legal para morir.

De este modo se inicia un momento de esplendor en la gestión de Pérez, quien, cegado de poder, decidió transformar en hito al edificio de la mutual.

Si hasta 1995 el edificio tenía 34 pisos, para 1998 llegó a los 59. En los años siguientes continuó creciendo al punto que nadie sabía cuántos pisos tenía realmente ni quién era la empresa constructora detrás de la obra. Muchas personas creían que Pérez había realizado un trato con el demonio. Como bien es sabido, los suicidas van al infierno; de este modo, en agradecimiento -o para lavar dinero-, Satanás proveería los materiales y la mano de obra para continuar la construcción del edificio. Otras personas creían que simplemente no se le había avisado al capataz que la obra había concluido.

El trayecto era tan largo y el ascenso tan dificultoso que muchas personas morían antes de poder suicidarse. Se creía que arriba de todo estaba la clave de la dicha ajena y quien llegara conocería la verdad de todas las cosas.

Lo que se sabe es que, a pesar del fallecimiento de Juancho Bigliani, aquel edificio continuó su construcción, y es por ello que llegar al último piso resultaba imposible.

Algunos suicidas entusiastas emprendían su travesía desde muy pequeños y formaban grandes filas que daban la vuelta al mundo.

En 2008, y luego de cuatro guerras mundiales, la economía mundial entró en recesión. La mayoría de los edificios colapsaron por falta de mantenimiento. Lo único que quedaba en San Miguel era el kiosco de la calle Paunero y el edificio de la mutual de suicidas, aún regido por el ya maltrecho rengo Pérez.

A fin de sanear las finanzas del municipio se decidió, de forma excepcional, cobrar un bono contribución por ingresar al edificio.

Una vez fallecido Pérez y al tomar el poder el chueco Gómez, se decidió privatizar el edificio de la calle Perón. Su venta se efectuó el 1 de marzo de 2017 a un holding empresarial.

Su nombre fue modificado a British Associated Dying Services. El monopolio aprovechó el decreto aún vigente del año 1998, que establecía en su inciso cuarto la negativa a morir por cualquier otro medio que no fuese el suicidio; más aún, el suicidio podría efectuarse únicamente arrojándose desde el último piso del edificio de la calle Perón. De ese modo comenzaron a cobrar una tarifa de 3500 dólares por suicida.

La localidad de San Miguel se llenó de empresarios y turistas finlandeses que, aprovechando el cambio, decidían viajar para morirse en nuestro país.

Mientras tanto, los locos y los marginados, desprovistos de la posibilidad de morir por sus propios medios, vagaron por el municipio nuevamente, penando y maldiciendo. Y como ocurriese en 1986, comenzaron a comer con mucha sal e intentar agarrarse los dedos con la puerta.


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