El 8 de febrero de 2026, el show de medio tiempo del Super Bowl volvió a confirmar que el espectáculo deportivo más importante de Estados Unidos no es solo fútbol americano: es también una plataforma de propaganda cultural. Esta vez, el foco estuvo en Bad Bunny, cuya presentación desató una ofensiva política y mediática que reavivó viejos fantasmas sobre moralidad, censura y, sobre todo, la construcción del “latino” en el imaginario estadounidense.
La polémica: moral, política y espectáculo
Sectores del Partido Republicano, encabezados por legisladores como Randy Fine (Florida) y Andy Ogles (Tennessee), calificaron la actuación de “indecente” y “pornográfica”. Solicitaron multas severas e incluso penas de cárcel para el artista y ejecutivos de la NFL y NBC, citando lenguaje inapropiado y coreografías explícitas. El presidente Donald Trump también se sumó a las críticas, señalando el show como una falta de respeto al país.
El episodio evocó inevitablemente el antecedente de Janet Jackson en 2004, cuando un accidente escénico derivó en una multa de 550.000 dólares impuesta por la FCC a CBS (posteriormente anulada en 2011) y en un prolongado período de censura informal para la artista.
La diferencia es que hoy la discusión no gira solo en torno a la moralidad televisiva, sino también a la identidad.
Los “arbustos humanos”: la industria detrás del símbolo
Un dato curioso del show fue la participación de 380 extras contratados como “arbustos humanos”, obligados a soportar trajes de 18 kilos durante largas horas de inmovilidad bajo estrictos acuerdos de confidencialidad. Por 70 horas de trabajo —entre ensayos y evento— cada uno recibió 1.309 dólares (18,70 por hora).
La metáfora es involuntaria pero potente: cuerpos invisibilizados al servicio de una gran narrativa nacional.
¿Quién es “América”?
En el discurso político y mediático estadounidense, el término “América” se utiliza como sinónimo exclusivo de Estados Unidos, invisibilizando al resto del continente. Esta apropiación simbólica no es nueva, pero se intensifica cuando el mercado latino se convierte en objetivo estratégico.
La exportación cultural —desde el cine hasta el deporte— promueve la idea de que el Super Bowl es un evento hemisférico, casi obligatorio para toda Hispanoamérica. Sin embargo, fuera de ciertos nichos urbanos y mediáticos, el impacto real es limitado. En buena parte de América Latina, el evento se percibe como un espectáculo ajeno, más cercano al consumo aspiracional que a la tradición cultural propia.
Aquí entra en juego una tensión más profunda: la construcción del “latino” como personaje.
El latino caricaturizado: ritmo, exceso y caribeñización
En la industria cultural estadounidense, el “latino” suele ser presentado bajo una matriz homogénea: sensual, ruidoso, festivo, caribeño. Esta caribeñización de los pueblos hispanohablantes reduce la diversidad de más de veinte países a una estética tropical exportable.
Argentina, Chile, Uruguay o Bolivia no comparten necesariamente la identidad cultural del Caribe, pero en la narrativa de marketing todo se funde en un mismo arquetipo. La música urbana, el reguetón y la estética playera se convierten en sinécdoque continental.
La canción satírica “No somos latinos” de El Cuarteto de Nos ironiza precisamente sobre esa etiqueta impuesta desde afuera. La letra cuestiona la homogeneización cultural y la simplificación identitaria, recordando que la identidad latinoamericana no es un producto empaquetado para el prime time estadounidense.
Propaganda blanda y mercado hispano
El mercado hispano en Estados Unidos es multimillonario. La inclusión de artistas latinos en el Super Bowl responde tanto a una estrategia de audiencia como a una narrativa de integración. Sin embargo, esa integración es selectiva: se celebra la estética y el ritmo, pero se cuestiona la autonomía política o el discurso crítico.
Cuando el espectáculo encaja en el molde festivo, es celebrado. Cuando incomoda, se activa el aparato moral y legal. La reacción contra Bad Bunny demuestra que la inclusión cultural tiene límites definidos por el poder político.
¿Importa realmente el Super Bowl en Hispanoamérica?
Mientras en Estados Unidos el Super Bowl se vive como un ritual nacional, en la mayoría de los países hispanohablantes su relevancia es marginal comparada con eventos como la Copa del Mundo, la Copa América o competiciones locales.
La insistencia en presentar el evento como panamericano forma parte de una narrativa donde Estados Unidos se posiciona como el centro cultural del continente. El resto aparece como audiencia potencial, no como protagonista.
Más allá del show
La polémica alrededor de Bad Bunny no es solo un debate sobre coreografías o letras explícitas. Es un espejo que refleja cómo se construye el deber ser del “latino” en el imaginario estadounidense: festivo pero no demasiado político, visible pero no disruptivo, incluido pero bajo condiciones.
Quizás la pregunta no sea si el show fue provocador, sino por qué sigue vigente la idea de que “América” es un solo país y de que el resto del continente debe adaptarse a su narrativa cultural.