
El calendario marca una fecha que no es simplemente un recordatorio de logros pasados sino un campo de batalla político y social. El Ocho de Marzo se presenta nuevamente como un punto de inflexión donde las mujeres y las disidencias ocupan el espacio público para denunciar una realidad que lejos de mejorar parece estancarse bajo nuevas y viejas estructuras de opresión. En un contexto donde la derecha política avanza con planes a largo plazo el movimiento feminista se ve obligado a repensar sus estrategias para no quedar atrapado en la inmediatez de la respuesta reactiva.
Uno de los pilares fundamentales que sostiene esta lucha es el reconocimiento del trabajo. No existe un feminismo real si este no se posiciona frente a la reforma laboral y las políticas que precarizan la existencia. Las mujeres son históricamente las principales portadoras de un trabajo no reconocido que se desarrolla en la esfera doméstica y de cuidados. Esta labor silenciosa es la base sobre la cual se planifica muchas veces la miseria de sus propias vidas ya que les quita tiempo y recursos para construir sus propias trayectorias académicas y profesionales.
La problemática del techo de cristal sigue siendo una barrera infranqueable en muchos sectores. A pesar de los discursos de igualdad las oportunidades de empleo de calidad son escasas para las mujeres quienes terminan volcadas mayoritariamente al trabajo informal o a empleos con baja remuneración. Esta cadena de desigualdades no solo afecta la economía personal sino que expone a las mujeres a situaciones de vulnerabilidad y riesgo constante. Cuando no hay autonomía económica la capacidad de decidir sobre el propio cuerpo y el propio destino se ve severamente limitada.
El feminismo actual también propone una mirada descolonial. Esto implica entender las dinámicas del poder desde una perspectiva local y singular arraigada en los territorios que habitamos. No se trata solo de seguir agendas internacionales sino de comprender cómo se ha desposeído a los cuerpos en nuestra región. Es una invitación a las nuevas generaciones para que no den por sentados los derechos adquiridos ya que la historia demuestra que lo que se ha conquistado puede ser puesto en duda nuevamente por sectores conservadores que buscan reabrir heridas ya zanjadas.
La movilización es una decisión política que requiere poner el cuerpo. El agotamiento es real; las mujeres están cansadas de tener que explicar una y otra vez verdades que deberían ser indiscutibles. Sin embargo la respuesta ante ese drenaje de energía es la solidaridad colectiva. El llamado a las marchas y concentraciones busca generar un espacio donde las experiencias individuales se transformen en una fuerza política capaz de exigir que el Estado se haga responsable de las tareas de cuidado. Solo a través de un acompañamiento real en la crianza y el sostenimiento de la vida las mujeres podrán alcanzar la verdadera soberanía.
Es crucial también involucrar a los varones en este proceso de cambio. Se les convoca a problematizar lo que han naturalizado durante siglos tanto en el ámbito público como en el privado. El germen de la duda sobre los privilegios propios es necesario para construir una sociedad más justa. La lucha del feminismo no es un camino aislado sino una transformación estructural que requiere que todos los actores sociales revisen sus prácticas cotidianas.
La planificación de las jornadas de protesta también refleja esta conciencia sobre la realidad laboral. Al caer el día internacional en una jornada no laborable muchas organizaciones deciden trasladar la fuerza de la movilización a los días siguientes para garantizar que el impacto se sienta en la estructura productiva. Es una forma de decir que si las mujeres paran se detiene el mundo. La baja presencia en los puestos de trabajo durante los días de huelga es un mensaje contundente sobre el valor real de la mano de obra femenina tanto en el mercado formal como en el informal.
el escenario actual demanda una visión estratégica. La derecha se asienta con planes sistemáticos y el feminismo debe responder con la misma solidez organizativa. No basta con apagar incendios cotidianos; es necesario proyectar un futuro donde la soberanía de los cuerpos y la dignidad del trabajo sean la norma y no la excepción. Este Ocho de Marzo las calles volverán a ser el escenario de una demanda que no retrocede y que invita a todo aquel que tenga prejuicios a acercarse a escuchar y a empatizar con las dolencias que atraviesa la mitad de la población. La lucha sigue viva y su motor es la esperanza de una vida que merezca ser vivida sin miedos ni precariedades.


