El gobernador en su laberinto.

El gobernador en su laberinto.


Axel Kicillof no transita un momento fácil. Lanzado a la carrera presidencial prácticamente desde su reelección como gobernador de la provincia de Buenos Aires y planteando un perfil netamente opositor a la gestión de Javier Milei, Kicillof parecía destinado a transformarse en la principal figura del peronismo en la oposición. Sin embargo, desde el momento mismo de su victoria, sectores de su misma fuerza política, principalmente aquellos referenciados con La Campora (y, por línea directa, con Cristina Kirchner), iniciaron una estrategia de constante presión contra su figura, limando su candidatura a través tanto de la militancia de base, como de figuras relevantes del universo peronista como Máximo Kirchner, Mayra Mendoza y Guillermo Moreno. No obstante, aunque parezca extraño, este proceso de deslegitimación no es una anomalía, sino la conclusión natural de un problema que el peronismo arrastra desde el gobierno de Alberto Fernández y la conformación del Frente De Todos (FDT).


En su libro “Historia del Peronismo”, Pedro Saborido escribe: “El peronismo es un camión que avanza y no se perturba, aunque pierda compañeros cuando dobla en una curva”, planteando que cuando el peronismo gira a la derecha, caen quienes están a la izquierda y cuando gira a la izquierda, caen los de la derecha. La metáfora intenta graficar el desarrollo de las grandes transiciones entre liderazgos peronistas después de la muerte de Perón: la interna Menem-Cafiero, la escisión del Frente Grande durante el menemismo y la disputa de Nestor Kirchner con Duhalde en 2005 son ejemplos que ilustran este principio. En todos los casos, un sector accedía a lugares de poder (en general la presidencia) y planteaba una interna para desalojar a la fuerza hegemónica anterior, absorbiendo sus estructuras. La metáfora, vale aclarar, no implica una transición pacífica: los que se caen del camión, no siempre pierden el equilibrio sino que también son empujados. Porque aunque no se puedan sostener, tampoco se quieren ir.

El gobernador en su laberinto.


Ahora, ¿Qué pasa cuando estos procesos de discusión no se producen? Pasa el Frente de Todos.
El Frente de Todos fue reverso de lo anterior: una experiencia política nacida como necesidad electoral y que luego fue incapaz de construirse como una estructura de gobierno homogénea. El problema con el FDT fue la inexistencia de un proceso de discusión del liderazgo entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner, similar a los planteados previamente. La importancia de este proceso radicaba en afirmar la autoridad de una nueva elite política, obligando primero al reordenamiento de la coalición electoral de manera vertical y segundo a la diferenciación entre quienes apoyarían el plan de gobierno y quienes presentaban resistencias. Lo relevante es que la interna debía ser un enfrentamiento entre los sectores que realmente detentan el poder dentro de una coalición, y presentarse como una confrontación abierta y explícita. En la metáfora citada de Saborido, este sería el momento en el cual el camión elije un camino y dobla: los que apoyan permanecen en la caja del vehículo, los dudosos tambalean pero se ordenan y los que rechazan se caen.


Sin embargo, la negativa de Alberto Fernández a encarar este proceso de internas, optando por defender la unidad del Frente a cualquier costo, imposibilitó la homogenización de la nueva coalición de gobierno. Como resultado de esta negativa las diversas estructuras sostuvieron su autonomía interna, lo cual derivó en constantes tensiones al interior gestión del FDT, con sectores que funcionaba incluso como una oposición dentro del oficialismo. Estas tensiones llevaron a un proceso de atomización y dilución del poder político, en el cual la autoridad presidencial podía ser contestada por prácticamente cualquier actor o grupo, sin que existieran consecuencias reales ni para el funcionario, ni para el sector político que representaba. Frente a esto, la incapacidad del albertismo para ordenar el frente resultó en un gobierno totalmente paralizado, imposibilitado para llevar adelante cualquier tipo de política como consecuencia de la fragmentación tanto institucional, como de intereses. Sin embargo, a pesar del fracaso que esta dinámica implicó para el FDT, la misma volvió a aparecer durante 2024, en el primer proceso de internas del PJ durante el mileismo.

El gobernador en su laberinto.


En contexto, las elecciones primarias de noviembre de 2024 se planteaban renovar la estructura peronista luego del fallido experimento del FDT, resolver el estancamiento y la dispersión interna del peronismo a través y, principalmente, establecer lineamientos básicos de cara a las elecciones de 2027. Con el telón de fondo de las tensiones existentes entre Axel Kicillof y Cristina Fernández por el liderazgo del peronismo, la interna se cristalizo como una disputa entre el kirchnerismo, representado por la misma CFK, y sectores críticos al mismo, representados por Ricardo Quintela, gobernador de La Rioja. No obstante, la posterior negativa de Axel Kicillof a presentarse como actor en el proceso bajo el argumento de sostener la unidad, llevó la renovación al fracaso, ya que, como se dijo previamente, sin el enfrentamiento explicito entre los grupos en disputa, cualquier proceso de internas se vuelve estéril.


Con esta prescindencia, Kicillof marcó una continuidad incomoda con Alberto Fernández, ya que aunque las internas políticas pueden generar resultados imprevisibles, escaparle a la confrontación para salvaguardar un proceso totalmente agotado como el FDT es un error politico.. Y aunque esta definición puede ser debatible, la realidad es que Axel Kicillof, a pesar de ser el principal candidato del peronismo tanto por intención de voto como por peso especifico y caja, actualmente habita una posición imposible: por un lado, sufre el constante bombardeo de los sectores kirchneristas al interior de su propia fuerza política, con mayor virulencia que los que recibe del gobierno al cual se opone; por el otro, es incapaz de construir transversalmente con otros sectores del PJ históricamente enfrentados con La Campora, debido a que los mismos lo consideran parte del armado kirchnerista. Sumado a esto, la decisión de evitar la interna tampoco funcionó para fortalecer el frente interno del PJ, sino que, por el contrario, profundizó la atomización del partido, dificultando la posibilidad de concertar un candidato único de la fuerza política que, más allá de sus vaivenes, parece ser la única capaz de reunir el voto opositor.


En definitiva, el resultado de evitar la interna fue el aislamiento del mismo Kicillof respecto de los demás actores al interior del peronismo, aislamiento que derivo en tres problemas para su armado político: en primer lugar, el fracaso de la interna posicionó a La Campora como un actor de veto dentro del universo peronista, lo cual dificulta el avance de una gestión eminentemente kicillofista que aumente el volumen político de su fuerza; en segundo lugar, como se dijo previamente, la imposibilidad de renovar y reestructurar la construcción política peronista con la inclusión de sectores históricamente enfrentados con el kirchnerismo, como el peronismo federal o los sindicatos, los cuales no quieren formar parte de un frente donde La Campora todavía tiene poder; en tercer lugar, la perdida de la oportunidad para construir un nuevo perfil político distinguible de la imagen actual del peronismo, que lo vuelva atractivo ante los sectores prescindentes políticamente, pero que se opongan a la gestión de Javier Milei.


Esto no debe malinterpretarse: las transiciones políticas son así, las internas existen cuando se discute el liderazgo y la dirección de un partido y el mantra de que “el que gana conduce y el que pierde acompaña” es solo una expresión de deseo. La realidad es que luego de una interna queda el tendal, los perdedores en su mayoría se diluyen en el armado del vencedor y los que no estén de acuerdo con los resultados son excluidos. No existe una síntesis virtuosa alimentada por el debate democrático, sino una demostración de fuerza electoral, política y económica de una fracción sobre otra. Fuera de consideraciones de institucionalismo vacío, estos procesos son necesarios para el ordenamiento político de cualquier fuerza política ya que resuelven parálisis, empates de poder y permiten renovar estructuras políticas ante crisis o derrotas electorales. Estas renovaciones permiten redefinir el perfil de una coalición, atraer a sectores que escindidos previamente e incluso volverla seductora para electorados por fuera de sus votantes cautivos.

El gobernador en su laberinto.


En tal sentido, no existen procesos políticos limpios, sin víctimas, negociaciones o contradicciones. Pretender construir un proyecto de poder que contente a todos es destinarlo al fracaso. Kicillof se encuentra en este momento frente a esa encrucijada. En el peronismo, mantener a todos arriba del camión implica para el conductor sostener un camino recto y uniforme, sin giros hacia ninguna dirección para evitar que los sectores a ambos lados se caigan. El problema es no solo que los que están en la caja siguen reclamando cambiar de dirección, sino que no existe en política un camino totalmente recto: en algún momento hay que doblar, ajustar el rumbo y dejar caer a algunos sectores para sostener una gestión activa. En política, avanzar en línea recta ante cualquier bifurcación, solo lleva a estrellarse contra la banquina. Esa fue la estrategia que eligió Alberto Fernández.

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