En una jornada cargada de emociones y simbolismo, la ciudad de Santa Fe se convirtió una vez más en el epicentro de la resistencia contra el olvido. La vigilia por la memoria realizada en la ex comisaría cuarta marcó un hito fundamental al cumplirse cinco décadas del inicio de la etapa más oscura de la historia argentina. Este sitio, que durante años funcionó como un centro clandestino de detención, tortura y exterminio, se transformó en un espacio de encuentro, reflexión y arte, donde las nuevas generaciones se fundieron con los protagonistas históricos de la lucha por los derechos humanos.
La convocatoria fue masiva y heterogénea. Bajo el lema de memoria verdad justicia, diversas agrupaciones se dieron cita para manifestar que, a pesar del paso del tiempo, el reclamo sigue más vigente que nunca. Una de las presencias más destacadas fue la de la marcha de los banquitos, integrada por jubilados y jubiladas que vinculan sus reclamos actuales por una vida digna con la defensa irrestricta de la democracia. Para estos militantes de la vida, el nunca más no es solo una consigna del pasado, sino un compromiso diario con el presente de todos los argentinos.
El recorrido por las instalaciones de la antigua dependencia policial resultó estremecedor. Los asistentes pudieron ingresar a los diminutos calabozos donde permanecieron secuestrados miles de compañeros y compañeras. Estos muros, que alguna vez fueron testigos del horror y el silencio impuesto por el terrorismo de estado, hoy están cubiertos de flores, fotos y pañuelos. La agrupación hijos recordó que este lugar fue estratégico para el circuito represivo del centro y norte de la provincia, recibiendo detenidos de localidades como Reconquista, Rafaela y Santo Tomé. Su labor de treinta años en las querellas de los juicios de lesa humanidad ha sido fundamental para que los genocidas terminen en la cárcel común.
La Universidad Nacional del Litoral también dijo presente a través de su dirección de cultura, aportando una muestra que refleja la resistencia artística durante los años de plomo. Bajo el título de crear a pesar de todo, la exposición mostró cómo la militancia y el arte fueron herramientas de supervivencia frente a la censura. Además, se habilitaron mesas para la intervención de pañuelos, sumándose a la campaña nacional de abuelas, donde cada trazo simboliza el renacer de la esperanza y la búsqueda incansable de los nietos y nietas que aún faltan encontrar.
Un aspecto profundamente innovador de esta vigilia fue la inclusión de la perspectiva de los pueblos originarios y las comunidades afrodescendientes. El festival negro presentó un espacio para reflexionar sobre el racismo estructural en Argentina y cómo la identidad nacional se construyó muchas veces sobre el olvido de nuestras raíces. Esta mirada integral permite comprender que la lucha por la justicia abarca todas las formas de opresión y que la reparación histórica debe ser total.
El testimonio de las sobrevivientes de la post dictadura también ocupó un lugar central. Mujeres que sufrieron la persecución y los edictos contravencionales incluso después del retorno de la democracia en mil novecientos ochenta y tres, alzaron su voz para denunciar que la violencia institucional no terminó de un día para el otro. Su presencia en la ex comisaría cuarta reivindica la fuerza de quienes soportaron vejaciones en esas mismas celdas y hoy siguen caminando las calles con la frente en alto, exigiendo que el Estado reconozca sus derechos.
El homenaje a Otilia Acuña, madre de Plaza de Mayo de Santa Fe, fue uno de los momentos de mayor recogimiento. Fallecida recientemente a los ciento cinco años, Otilia fue recordada como la mujer que nunca bajó los brazos y que siempre estuvo al lado de los trabajadores y los desposeídos. Una bandera con su nombre, colocada de manera invertida como señal de alerta ante la situación actual del país, sirvió para recordar que su legado de militancia continúa vivo en cada joven que se suma a la causa.
En un contexto marcado por discursos que intentan relativizar los crímenes cometidos por la dictadura militar, la organización popular se vuelve la mejor barrera contra el negacionismo. La vigilia demostró que el pueblo santafesino tiene memoria y que no está dispuesto a dar un solo paso atrás en las conquistas logradas. La participación de centros culturales como casa tomada, que define al arte como un nido y una trinchera, asegura que el mensaje de los treinta mil desaparecidos siga multiplicándose en cada pincelada y en cada canción.
Finalmente, la jornada cerró con la preparación para la gran marcha del día siguiente. La vigilia no fue solo un acto de recuerdo, sino un ejercicio de memoria colectiva necesario para proyectar un futuro sin miedos. El grito de nunca más resonó fuerte entre las paredes de la antigua comisaría, ahora habitada por la luz de la verdad. Mientras el país atraviesa momentos complejos, la unidad de las organizaciones y la claridad en los objetivos de verdad y justicia se presentan como la única garantía para proteger nuestra democracia de cualquier intento autoritario.
A cincuenta años del golpe, Santa Fe reafirmó su compromiso. No hubo lugar para el perdón ni para la reconciliación con quienes no mostraron arrepentimiento. El camino sigue siendo el de la justicia legal y el de la memoria histórica. Porque como bien se dijo en el cierre de la vigilia, un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla, y los argentinos hemos decidido, de una vez y para siempre, que el horror no volverá a caminar entre nosotros
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