En esta decimosexta entrega de nuestro recorrido histórico por los laberintos del año dos mil uno, nos detenemos en una semana que parece condensar todas las contradicciones de una época al borde del abismo. Los días que transcurrieron entre el dieciséis y el veintidós de abril de aquel año nos muestran a una Argentina que intentaba desesperadamente sostener una máscara de normalidad institucional mientras las bases de su economía y su tejido social se desmoronaban con una velocidad alarmante.
El presidente Fernando de la Rúa encabezaba la escena con un discurso que hoy, con la perspectiva del tiempo, suena a una trágica ironía. Hablaba de enfrentar las dificultades con decisión y coraje, pero sobre todo hacía hincapié en una palabra que se convertiría en el eje de su retórica: la previsibilidad. El gobierno buscaba convencer a los mercados internacionales y a una ciudadanía agotada de que el país cumpliría con sus compromisos financieros y recuperaría la senda del crecimiento. Sin embargo, esa supuesta previsibilidad chocaba de frente con una realidad donde el ministro de economía, Domingo Felipe Cavallo, no lograba generar consensos ni siquiera dentro de su propia coalición y coqueteaba con la idea de atar el destino del peso argentino al euro, una medida que solo alimentaba la confusión en un mercado financiero que ya no creía en promesas vagas.
Mientras en los despachos oficiales se debatían fórmulas matemáticas y aperturas de mercados, el sector productivo y la clase trabajadora vivían un auténtico terror cotidiano. En el norte de la provincia de Santa Fe, la crisis golpeaba con especial dureza a las empresas locales, llevando a los trabajadores agrupados en el gremio de la UTA a convocar a paros que paralizaban el transporte. Era la cara visible de una economía real que no encontraba alivio en los discursos presidenciales y que veía cómo el desempleo y la falta de horizontes se convertían en la única constante previsible.
La semana también nos dejó historias que parecen salidas de una novela de suspenso o de una película de horror. El emblemático Tren de las Nubes, orgullo del turismo salteño, se convirtió en el escenario de una pesadilla para más de quinientos pasajeros, muchos de ellos extranjeros. El convoy quedó varado durante quince horas en la inmensidad de la Puna, dejando a los turistas aislados del mundo en una noche gélida y solitaria. Los relatos de aquella jornada hablan de miedos primordiales y de una sensación de abandono total por parte del Estado, hasta que finalmente fueron rescatados mediante un operativo con helicópteros. Curiosamente, en esa misma semana se estrenaba en los cines El espinazo del diablo, la obra de Guillermo del Toro que exploraba los fantasmas de un orfanato durante la guerra civil española, una metáfora visual que resonaba extrañamente con el sentimiento de desolación que empezaba a imperar en la sociedad argentina.
En el plano internacional, el epicentro de la política continental se trasladó a Canadá, donde se desarrollaba la Cumbre de las Américas. Allí, los líderes de la región discutían la implementación del ALCA, un acuerdo de libre comercio impulsado por las potencias del norte que despertaba fuertes resistencias en las calles y entre algunos mandatarios latinoamericanos que veían en él una amenaza directa a la soberanía económica de sus naciones. Para De la Rúa, la cumbre fue una oportunidad para intentar recomponer la relación con Brasil, dañada por las declaraciones previas de Cavallo, quien había calificado al Mercosur como una payasada. Mientras tanto, en Perú, una tragedia aérea provocada por información errónea de la inteligencia estadounidense terminaba con la vida de una familia de misioneros, recordando los peligros de la intervención externa en la región.
Pero no todo eran malas noticias o tensiones políticas. El deporte y la cultura brindaban pequeños oasis de orgullo nacional. El golfista José Cóceres se consagraba campeón en los Estados Unidos, demostrando una vez más que el talento argentino lograba brillar incluso cuando el contexto interno era adverso. En el ámbito musical, se entregaban los Premios Gardel, y el máximo galardón recaía en manos del legendario León Gieco, un artista cuya obra siempre estuvo ligada al compromiso social y a la crónica de los desposeídos.
Sin embargo, la sombra de la corrupción y el desprestigio institucional volvía a emerger con fuerza. La justicia y el poder ejecutivo debían lidiar con escándalos que afectaban a las fuerzas de seguridad en varios puntos del país. En la Policía Federal, se descubría una maniobra para falsificar planillas de agentes en eventos deportivos, mientras que en Rosario se intervenía a la policía local por el uso de fondos provenientes de delitos. Pero quizás la noticia más insólita fue la estafa a la obra social de la policía bonaerense, donde un grupo de agentes hizo pasar cirugías estéticas como tratamientos médicos por várices. Estos hechos alimentaban la sensación de que las instituciones estaban corroídas por la falta de ética en todos sus niveles.
En el debate legislativo, la salud sexual y la prevención de embarazos no deseados ganaban espacio en la agenda pública, a pesar de las fuertes presiones de los sectores más conservadores que intentaban bloquear cualquier avance que pudiera derivar en una discusión sobre la legalidad del aborto. En este contexto de tensiones morales, la figura de Emir Yoma seguía en el ojo de la tormenta, sumando denuncias por coimas a su ya complicada situación procesal por el tráfico ilegal de armas.
El cierre de la semana nos devolvió a la pasión de las multitudes con la decimotercera fecha del torneo clausura. El fútbol, ese gran distractor y unificador argentino, mostraba a un San Lorenzo imparable que goleaba a Talleres de Córdoba por tres a cero, alcanzando la cima de la tabla de posiciones. Por su parte, River Plate protagonizaba un vibrante empate tres a tres frente a Gimnasia y Esgrima de La Plata, quedando igualado en puntos con el equipo azulgrana. En la cancha, la disputa era por la gloria deportiva; fuera de ella, la disputa era por la supervivencia de un país que se asomaba al precipicio.
Así se cerraba una semana más de este año vertiginoso. Entre promesas de previsibilidad que nadie creía, trenes varados en la montaña, cumbres internacionales y escándalos policiales, la Argentina de abril de dos mil uno seguía transitando su particular vía crucis, con la mirada puesta en un futuro que se presentaba cada vez más incierto y un presente que exigía un coraje que pocos líderes parecían tener.


