
Sentarse a escribir sobre Malvinas parece una tarea sencilla. La abrumadora cantidad de argumentos que sostienen la posición argentina, el carácter frontalmente ilegal e imperialista de la ocupación británica y el unánime apoyo que la causa Malvinas tiene entre el pueblo argentino (no voy a desperdiciar tiempo considerando a quienes no defienden el reclamo, ya que no lo hacen por convicción sino por dinero) deberían facilitar incluso un texto lleno de lugares comunes. Sin embargo esto no es así. Escribir sobre Malvinas (escribir de forma consciente, de forma honesta, de la forma en que la Causa Malvinas merece ser escrita) es difícil, exige cuidado, exige caminar sobre una línea delgada que deje claras las posiciones reales.
Hablar de Malvinas no es fácil, porque hablar de Malvinas siempre obliga a una aclaración. Porque al reclamo legítimo de nuestra soberanía le tenemos que agregar el rechazo a la dictadura genocida que decidió la guerra, porque al respeto eterno por nuestros combatientes debemos acompañarlos el juzgamiento de los generales y altos mandos, también argentinos, que los usaron como carne de cañón, que los torturaron y en muchos casos los trataron peor que el enemigo inglés. Porque los combatientes fueron héroes, que murieron por nuestra patria, pero también víctimas de una dictadura en declive, que tomó el sentimiento más profundo y honesto de nuestra patria y lo utilizó para recuperar su prestigio, abandonándolo una vez que el ejército invasor empezó a avanzar sobre las islas.
Sin embargo, hablar sobre Malvinas es necesario, quizás más ahora que nunca.
El derecho internacional no es un corpus jurídico pétreo, gobernado por leyes establecidas, sino un conjunto de relaciones de fuerza donde las negociaciones se componen no solo de poderío militar o económico, sino (y sobretodo en el caso de países periféricos como el nuestro) de gestos, negociaciones, declaraciones y formas de proceder que crean tradiciones. Por esa razón, reclamos como el de Malvinas requieren un estudiado posicionamiento internacional, lo que ha implicado, para Argentina, un trabajo minucioso en política y relaciones internacionales que refuercen estas posiciones, trabajo que se reflejó en muchas votaciones respecto al reconocimiento de nuevas naciones, como el caso de la República de Kosovo o el apoyo a posiciones similares respecto a territorios ilegalmente ocupados como el reclamo español por Gibraltar (ocupado ilegalmente por Gran Bretaña) o el de Siria por los Altos del Golán (ocupado ilegalmente por Israel). El fin de estos posicionamientos es establecer una coherencia y una tradición que fortalezcan el peso de nuestro reclamo y establezcan la centralidad del principio de integridad territorial como base para la resolución de conflictos de soberanía, el cual es la base de la posición argentina sobre la Islas Malvinas y los territorios del Atlántico Sur.
Sin embargo, cuando un gobierno argentino hace explícita su posición de abandonar el reclamo sobre Malvinas, cuando el presidente de la Nación y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, Javier Milei, rompe con la posición argentina argumentando que la cuestión de nuestra soberanía territorial debe resolverse “cuando los isleños lo deseen», deseando que los kelpers “decidan algún día votarnos con los pies a nosotros”; cuando se anuncia un acuerdo entre el Reino Unido e Israel para la extracción de recursos naturales en las Islas (vale resaltar: extraer recursos argentinos de las islas) y el gobierno argentino no eleva siquiera una protesta formal; cuando esto sucede la posición argentina se debilita y se pierden avances importantes en negociaciones internacionales, en relaciones internacionales y acuerdos.
Porque es importante notar que todas estas acciones no son meras declaraciones desafortunadas (y vamos a evitar explayarnos sobre su intencionalidad) o errores subsanables, sino que por el contrario, cada uno de estos actos mina el laborioso trabajo que la Argentina ha realizado desde el inicio del reclamo argentino en 1833. Un presidente renunciando a la posición histórica argentina respecto a las islas o un gobierno que no responde ante una violación evidente de la soberanía nacional, pueden funcionar luego como antecedentes negativos para la posición argentina en la negociación de las islas, ya que implican un abandono de la postura histórica y una concesión a la posición británica. La responsabilidad de nuestros gobiernos para con la causa Malvinas exige entender la responsabilidad que cada palabra conlleva, sus implicancias en el reclamo argentino y en la negociación internacional.
Pero esta responsabilidad no es solo de los funcionarios, sino que recae en cada uno de nosotros como argentinos. Estos errores, estas inoperancias no pueden ser gratuitas, por el contrario, debe existir un ajuste de cuentas por parte de los funcionarios para con el pueblo argentino y la firme exigencia de que nunca se vuelvan a producir. Cuando estas situaciones se producen, resulta indispensable hablar sobre Malvinas, esclarecer los hechos, reclamar nuevamente el cumplimiento de nuestra soberanía e insistir con los argumentos que demuestran la irrenunciabilidad de nuestro reclamo. Porque hablar de Malvinas obliga a considerar que más allá de la coyuntura política, de los recelos y las ganancias partidarias, de los vaivenes de la opinión pública, de lo que se habla es del interés nacional, de lo que nos debemos como nación.
Nuevamente, hablar de Malvinas no es fácil. Exige tener responsabilidad respecto a lo que se dice, requiere conocimiento de la historia nacional y requiere, principalmente, amor. Requiere amor a la patria, a la patria en toda su extensión, requiere el deseo profundo de ver la bandera argentina en las Islas, de recuperarlas para que, primero los ex combatientes y luego todos los argentinos podamos habitarlas, vivir en ellas. Ese debe ser nuestro último y más importante objetivo.