En esta decimoséptima entrega de nuestra serie que reconstruye el pulso de la nación hace dos décadas, nos sumergimos en la semana que abarcó los días transcurridos desde el veintitrés al veintinueve de abril de dos mil uno. La Argentina de aquel entonces parecía un barco que, a pesar de los constantes cambios de timonel, seguía haciendo agua por los mismos costados. La tensión económica se entrelazaba con el folclore del fútbol y los hitos culturales que marcarían el fin de una era, configurando un escenario donde la incertidumbre era la única certeza.
El protagonista central de la gestión pública seguía siendo Domingo Felipe Cavallo, quien en su afán por equilibrar las cuentas ante las presiones del Fondo Monetario Internacional, decidió aplicar un nuevo torniquete al consumo. En esta ocasión, la medida afectó directamente al sector cultural y a los servicios de salud privada. Mientras los jóvenes se agolpaban en Buenos Aires para presenciar el recital de los Backstreet Boys, el ministro de economía anunciaba un impuesto adicional que recaía sobre el consumo cultural y sobre los usuarios de prepagas. Esta decisión, lejos de calmar las aguas, profundizó el malestar social y no logró convencer a los mercados, que seguían mirando con desconfianza la capacidad de reacción del gobierno de Fernando de la Rúa.
En medio de este clima de desconfianza financiera, la interna gubernamental se cobró una pieza clave. Cavallo, buscando responsables por la falta de estabilidad, apuntó sus cañones contra el Banco Central. El resultado fue el desplazamiento de Pedro Pou de la presidencia de la autoridad monetaria, siendo reemplazado por Roque Maccarone. Este relevo se produjo mientras la opinión pública seguía pendiente de la denominada causa armas, que mantenía en vilo al arco político. La libertad otorgada a Luis Sarlenga y el pedido de declaración indagatoria para Carlos Menem pusieron al peronismo en estado de alerta, forzando a sus dirigentes a cerrar filas para defender al ex presidente y mitigar los daños colaterales de cara a las próximas contiendas electorales.
Precisamente, la política partidaria no se detenía. Tanto el peronismo santafesino como la Unión Cívica Radical llevaban adelante sus internas para elegir candidatos. Los vencedores de estas contiendas hablaban de reeditar relaciones de alianza que, en la práctica, ya parecían agotadas por el desgaste de la gestión. En el plano internacional, la figura de George Bush asomaba con una mirada ambiciosa hacia Latinoamérica, prometiendo ayuda a la Argentina mientras lanzaba gestos contradictorios hacia Cuba, lo que generaba un intenso debate entre los analistas de la época.
Sin embargo, para muchos argentinos y uruguayos, lo más importante no sucedía en los despachos oficiales, sino sobre un escenario. Esa semana quedó marcada en la historia del rock por las presentaciones de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en el Estadio Centenario de Montevideo. Cruzando el charco más por la necesidad de escapar de la violencia que por un afán de expansión, la banda liderada por el Indio Solari brindó uno de sus últimos recitales como formación activa. Fue una ceremonia atípica: sin campo habilitado, el público se acomodó en las tribunas, transformando el estadio en un inmenso anfiteatro. Aquellas noches, donde sonaron desde los temas de su reciente disco Momo Sampler hasta los himnos históricos como Jijiji, fueron el preludio de una despedida inesperada que llegaría pocos meses después.
Mientras el rock celebraba, el cine francés regalaba al mundo una joya de optimismo: se estrenaba Amélie, la película que narraba el fabuloso destino de una joven decidida a cambiar la vida de quienes la rodeaban. En contraste con esa ficción luminosa, la realidad deportiva se teñía de luto con el fallecimiento del piloto italiano Michele Alboreto, quien perdió la vida en Alemania mientras realizaba pruebas de velocidad.
De regreso al suelo patagónico, la tragedia también golpeó al mundo empresarial y periodístico. Una avioneta se estrelló en la localidad de Roque Pérez, provocando la muerte de Agostino Rocca, titular del grupo Techint, y del periodista Germán Sopeña, junto a otras ocho personas. Este accidente generó una fuerte conmoción, dado el peso de las figuras involucradas en el desarrollo industrial y la crónica nacional.
En el ámbito local, la ciudad de Santa Fe veía cómo las obras del nuevo Puente Colgante avanzaban hacia su fase final con la colocación de la antena del lado este, una señal de progreso en medio de la crisis. Pero lo que realmente paralizó a la ciudad fue el clásico santafesino entre Unión y Colón en el estadio quince de abril. Ambos equipos llegaban golpeados, pero el condimento especial lo ponía la presencia de un ídolo que lucía la camiseta del eterno rival. El partido fue una batalla trabada que terminó en empate, con goles de Andrés Silvera y Claudio Enría, pero la verdadera historia se escribió en las tribunas y en el duelo de lealtades de un capitán que regresaba con otro brazalete.
En la lucha por el título del torneo clausura, la competencia estaba al rojo vivo. San Lorenzo le pisaba los talones a River Plate tras vencer por la mínima a Los Andes. El equipo millonario, por su parte, lograba mantener la punta solo por diferencia de gol después de un ajustado triunfo frente a Newell’s. La paridad en treinta y dos puntos vaticinaba un final de campeonato infartante, brindando un respiro lúdico a una sociedad que cada mañana abría los diarios con el temor de un nuevo ajuste.
Así se cerraba otra página de este convulsionado año dos mil uno. Entre impuestos al cine, cambios de autoridades bancarias, misas ricoteras en Uruguay y tragedias aéreas, la Argentina seguía transitando su laberinto, buscando desesperadamente una salida que cada semana parecía estar un poco más lejos.


