¿PELIGRA EL MUNDIAL 2026? Seguridad, Guerra y el Factor Trump en México, EEUU y Canadá

El escenario global actual ha comenzado a proyectar una sombra de incertidumbre sobre uno de los eventos más esperados por el planeta entero. La realización del Mundial de la FIFA que tiene como sedes compartidas a Estados Unidos, México y Canadá se encuentra hoy bajo la lupa. No se trata simplemente de una cuestión de infraestructura o de estadios terminados a tiempo, sino de una trama geopolítica que involucra conflictos bélicos activos, amenazas de alta tecnología y una responsabilidad política que recae sobre figuras de peso mundial.

La pregunta que nos resuena es si realmente estamos en condiciones de garantizar la integridad física de los protagonistas y del público. La dinámica mundial atraviesa un momento sumamente delicado, donde las tensiones sociales y militares han escalado a niveles que no se veían en décadas. En este contexto, el fútbol, que históricamente ha servido como una pantalla social o un bálsamo de distracción, podría convertirse paradójicamente en un blanco de una vulnerabilidad extrema.

Cuál será la capacidad de respuesta ante las nuevas formas de agresión. Mientras que en décadas pasadas la preocupación principal era el control de masas o la violencia del publico organizado, lo que acá llamamos barra bravas, hoy el foco está puesto en la guerra tecnológica. Las declaraciones de mandatarios sobre la protección de los planteles nacionales no nos terminan de convencer frente a la posibilidad de un ataque aéreo ejecutado mediante el uso de drones, y que en ultima instancia representarían un gasto en seguridad que no estamos dimensionando lo suficiente.

El caso de la seguridad en México ha cobrado especial relevancia. Recientemente se mencionó el compromiso de las autoridades mexicanas para garantizar la protección de delegaciones provenientes de zonas en conflicto, como es el caso de Irán. Sin embargo, la duda persiste sobre si un despliegue policial convencional es suficiente para frenar una ofensiva coordinada en un mundo donde las iglesias y escuelas ya han sido blanco de ataques en otros rincones del globo. Si los lugares sagrados y los centros de enseñanza han perdido su inmunidad tácita, qué seguridad puede ofrecer realmente un estadio de fútbol que concentra a decenas de miles de personas en un solo punto geográfico.

La politica y el deporte siempre estuvieron estrechamente involucradas, recordamos la expulsión de Rusia por la guerra contra Ucrania en 2022, un conflicto que llega poco antes de la contienda en Qatar o aquel ejemplo emblemático de lo ocurrido durante el Mundial de Alemania, donde la selección de Serbia y Montenegro participó bajo un clima de tensión interna, con un plantel que venia a representar a un país que ya no existía. Aquel evento marcó el fin de una era para esa nación, que poco antes se habia dividido. Hoy, la escala del conflicto es global donde parece que todos y todas en mayor o menor medida estamos involucrados, o por lo menos, en peligro.

La participación de Estados Unidos en la organización no es un dato menor. La política exterior de Washington, influenciada por sus alianzas estratégicas y su rol en el Medio Oriente, coloca al país en una posición de exposición directa. Las decisiones tomadas en el pasado y las posturas actuales de ciertos sectores del poder estadounidense han generado lo que muchos llaman un efecto rebote, donde no podemos asegurar que las consecuencias militares y diplomáticas no terminen golpeando la puerta de eventos civiles masivos.

En la Argentina, la sensación es de estar jugando con fuego. El alinearse de manera automática con ciertas posturas beligerantes debería generar un sano temor en una población que parece, todavía, no registrar la gravedad del asunto. Los que manejan nuestro país, nos han metido en conflictos ajenos que podrían tener costos humanos altísimos. La historia reciente de los años noventa sirve como un recordatorio doloroso de lo que sucede cuando una nación se involucra en disputas internacionales de gran escala sin medir las consecuencias internas.

Un aspecto profundamente humano y social que no puede ignorarse es quiénes son realmente los que ponen el cuerpo en estos escenarios de crisis. En un evento de la magnitud de un mundial, los jugadores de fútbol y los aficionados se convierten en el rostro visible de una sociedad que queda expuesta ante las decisiones de unos pocos.

La viabilidad del torneo en las tres sedes norteamericanas depende de una estabilidad que hoy parece frágil. La logística para proteger a las selecciones en ciudades de Canadá o en los grandes centros urbanos de Estados Unidos requiere una coordinación sin precedentes. No se trata solo de vigilar un campo de juego, sino de custodiar trayectos, hoteles y zonas de entrenamiento en un clima de alerta máxima. La posibilidad de un atentado no es solo una teoría conspirativa, sino una preocupación real basada en la realidad de que el mundo está más interconectado y, a la vez, más fragmentado que nunca.

Finalmente, queda la reflexión sobre el papel de la FIFA y los comités organizadores. ¿Hasta qué punto el negocio del deporte puede pasar por alto los riesgos de seguridad nacional e internacional? La insistencia en mantener las sedes y el calendario original frente a un panorama de guerra plantea un dilema ético y práctico. Si el mundial debe celebrarse, la seguridad no puede ser una promesa de campaña ni un discurso protocolar; debe ser una realidad tangible.

El fútbol tiene el poder de unir a las naciones, pero en este contexto geopolítico, el riesgo es que se convierta en el escenario de una tragedia que nadie quiere presenciar. El futuro del deporte rey está, como de costumbre, atado a los hilos de la política mundial y a la capacidad de los líderes para garantizar la paz por encima del espectáculo.

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