
Corría el año 1905. Argentina era un quilombo, los vapores de un siglo de batallas y de conformación del estado nacional todavia se podian oler, el vaho de los barcos a vapor se mezclaba con los sueños de miles de inmigrantes que bajaban con una mano atrás y otra adelante, el desalojo territorial de pueblos originarios y la instalación de un modelo economico primario que prometia riquezas para pocos construia un «granero del mundo» donde la voluntad era la del patrón y el trabajo solo para comer y dormir.
Hoy, en pleno 2026, despertamos con una sensación de déjà vu. Parece que el reloj decidió girar hacia atrás con una fuerza centrífuga extraña.
Lo que antes era «progreso» por falta de tecnología, hoy parece ser «progreso» por decreto de desmantelamiento. En 1905, reinaba el darwinismo social del salvese quien pueda, de un gobierno oligarquico que no se definía demasiado si los trabajadores eran seres humanos, de hecho faltaria más de 40 años para que sepamos lo que eran los derechos humanos.
La política laboral hoy busca «flexibilizar» tanto que termina pareciéndose sospechosamente a la ausencia de derechos de principios del siglo XX. La historia nos dice que el mundo cambió, pero las ganas de volver a un sistema de servidumbre parecen intactas en ciertos despachos.
En 1905 las universidades eran un espacio de las elites ilustradas, el saber estaba reservados para un grupo selecto de personas. Hoy nostalgicos de aquella epoca quieren cerrar todo aquello que «no sirva al mercado», cerrarle las puertas de las universidades a los humildes, con la excusa del ¿para qué?
Son pocas las cosas que, a pesar de todos los males nos mantienen vivo y mantienen la alegria de la gente, que hacen del dolor propio un carnaval colectivo, mientras vemos al costado quienes del dolor ajeno se hacen un festin personal. Colón nació de los humildes, en un clima donde los humildes no podían (o solo podían) soñar y son los humildes quienes, mas de un siglo después, le siguen rindiendo el homenaje más sincero: el de la lealtad incondicional.

Las imágenes de los festejos actuales, con fuegos artificiales iluminando el Barrio Centenario, muestran la misma pasión que ardía en 1905 cuando un grupo de pibes fundó el club a la vera del río. El estadio se enciende hoy con la misma fuerza que el corazón de aquellos pioneros.
El amor de un pueblo por sus raíces y por sus colores es la única constante que el tiempo no puede desgastar. Porque puede ser que para desgracia de los humildes el mundo no cambió tanto como parece; pero tambien en esa constante, vamos a tener siempre donde encontrarnos. ¡Salud, Sabalero!


