
En una jornada que quedará marcada por la agresión y la distorsión de la realidad, el presidente se presentó ante la Asamblea Legislativa para inaugurar un nuevo período de sesiones ordinarias. Lo que debió ser un acto de rendición de cuentas y celebración de los consensos conseguidos para destruir la protección legal de la clase trabajadora se transformó en un monólogo cargado de soberbia, ataques a la oposición y, lo más preocupante, una enumeración de logros que chocan de frente con la experiencia cotidiana de millones de ciudadanos. Desde el inicio, el tono fue de confrontación, utilizando el estrado del Congreso Nacional no para construir puentes, sino para profundizar una grieta que el propio oficialismo alimenta con cada intervención.
El mandatario comenzó su alocución apelando a una supuesta herencia recibida que, según sus palabras, representaba la combinación de las peores crisis de la historia. Sin embargo, en su afán por construir un relato épico, incurrió en manipulaciones estadísticas evidentes. Afirmó con ligereza que los indicadores sociales eran peores que los de la crisis terminal de principios de siglo, ignorando deliberadamente que el entramado de contención social y la estructura productiva actual, aunque golpeada, no guardan relación con aquel colapso institucional. Esta estrategia de infundir miedo para justificar un ajuste brutal es una marca registrada de un gobierno que prefiere la mitología antes que la gestión responsable.
Uno de los puntos más críticos y alejados de la verdad fue su jactancia sobre el superávit fiscal. El presidente proclamó haber alcanzado un presupuesto libre de déficit sin subir impuestos, omitiendo que la mayor parte de ese «logro» se asienta sobre el licuamiento de las jubilaciones y el recorte de fondos esenciales para las provincias. Hablar de justicia moral mientras se desfinancia la educación pública y se abandona la inversión en infraestructura es una contradicción que solo puede sostenerse en un discurso diseñado para el aplauso de los propios. La supuesta baja de impuestos es otra falacia del catador de falacias; lo que el ciudadano percibe es un aumento asfixiante en las tarifas de servicios públicos y el costo de vida, que actúa como un impuesto regresivo que golpea con más fuerza a los trabajadores.
En materia de seguridad, el tono mesiánico alcanzó niveles alarmantes. Atribuir bajas drásticas en las tasas de criminalidad únicamente a la implementación de protocolos represivos es una simplificación peligrosa. El presidente ignoró que la violencia social tiene raíces profundas en la exclusión que su propio modelo económico profundiza. Al celebrar el fin de los conflictos sociales en las calles, lo que en realidad está festejando es la criminalización de la protesta, un derecho fundamental en cualquier democracia saludable. Su visión de orden se confunde peligrosamente con el silenciamiento de las voces disidentes que sufren el impacto de sus políticas de shock.
La política exterior fue presentada como un regreso triunfal al mundo libre. Sin embargo, la alineación automática y sumisa con potencias extranjeras no es sinónimo de soberanía. El mandatario celebró acuerdos que, en la práctica, profundizan la dependencia y exponen a los recursos naturales del país a una explotación sin valor agregado. Hablar de una alianza estratégica basada únicamente en afinidades ideológicas personales es una irresponsabilidad que pone en riesgo las relaciones comerciales históricas del país. La retórica de combate al comunismo y el uso de etiquetas anacrónicas para descalificar a cualquier nación que no comparta su visión es más propio de la Guerra Fría que de los desafíos del siglo actual.
En cuanto a la economía real, el presidente describió una Argentina que solo existe en sus planillas de cálculo. Afirmó que el desempleo ha caído y que el salario en dólares se ha triplicado, una afirmación que resulta insultante para quienes han perdido su empleo o han visto cómo su poder adquisitivo se desvanece frente a las góndolas. La realidad en los barrios es de recesión, cierre de pequeños comercios y una caída vertical del consumo. El crecimiento acumulado que menciona es, en el mejor de los casos, un rebote estadístico tras una caída estrepitosa provocada por sus propias medidas de desregulación indiscriminada.
El ataque sistemático a la justicia social, a la que calificó nuevamente como un robo, revela una profunda desconexión con los valores solidarios que fundaron nuestra nación. Su concepto de libertad parece detenerse donde comienza la necesidad del otro. Al tildar de parásitos a quienes dependen de la asistencia del Estado para sobrevivir en un contexto de crisis, el mandatario muestra una falta de empatía que es impropia de quien debe velar por el bienestar de todos los argentinos. El uso de insultos hacia los legisladores presentes, llamándolos ignorantes y delincuentes, degrada la investidura presidencial y convierte al Congreso en un escenario de barrabrava.
Hacia el final de su discurso, el presidente proyectó un futuro de grandeza basado en la exportación de materias primas y energía, un modelo agroexportador que nos devuelve a finales del siglo diecinueve. Esta visión ignora la necesidad de un desarrollo industrial y tecnológico soberano. La promesa de una lluvia de inversiones externas a través de regímenes de privilegio es una receta que ya ha fracasado en el pasado, dejando deudas impagables y una estructura productiva desmantelada. La moral que invoca como política de estado parece ser una moral selectiva, que castiga al débil y premia al capital financiero más concentrado.
Quizás aqui me pongo como un loco romántico, pero como entiendo la vida en sociedad sostengo firmemente que La democracia requiere respeto, diálogo y, sobre todo, verdad, o por lo menos algún planteo verosimil. Ninguna de estas virtudes estuvo presente en el atril presidencial esta noche.


